Leyenda del callejón del diamante

LEYENDA DE XALAPA

Un callejón, un diamante y dos leyendas

Esta estrecha calle se localiza en el centro de la ciudad de Xalapa; sube desde la Avenida Enríquez hasta la Avenida Juárez, y actualmente esta calle se llama Antonio María de Rivera. Hoy en día es un turístico callejón con sitios de comidas, cafeterías, artesanos (los conocidos hippies) y tiendas muy famosas de la ciudad.

Se cuentan dos leyendas sobre esta hermosa calle.

Leyenda uno:

Dicen que hace varios años había una muchacha muy hermosa que acostumbraba a pasear por este callejón hasta altas horas de la noche, llevando consigo un hermoso y apreciado diamante.

En una de sus caminatas le fue robada la joya, y desde ese día la muchacha desapareció.

Tiempo después, los vecinos oían transitar a alguien por ahí, pero al asomarse no veían a nadie. Varias personas que pasaban a la distancia, llegaban a distinguir la silueta de una mujer, pero cuando se acercaban al callejón, ésta se desvanecía. Aseguran que era el alma de aquella joven que confiaba en que algún día encontraría a los ladrones, y que por esto vagaba, hasta muy avanzada la noche.

Leyenda dos:

Otra leyenda cuenta que en tiempos de la colonia, en una de las viejas casonas del lugar vivía una bella joven criolla de hermosura desconcertante casada con un rico y distinguido caballero español.

El hombre estaba muy enamorado de su mujer y cuando eran novios la obsequió con una sortija que tenía un diamante negro que según dice la leyenda era mágico, puesto que poseía el don de intensificar el amor del marido y de conocer la infidelidad de la mujer. La muchacha había jurado a su prometido, al recibir la joya, nunca separarse de ella.

El marido tuvo un socio al que quiso como a un hermano, invitándolo siempre a su casa, para que convivieran los tres como una familia. Pero entre la dama y el atribulado amigo surgió un sentimiento amoroso, que aumentaba día a día.

Cierto día, ella aprovechó un viaje de su marido para ir a casa del amante y, por causas que se ignoran (quizá la superstición), ella se quitó el anillo y lo colocó en el buró, cerca de la cama. Quizás el apresuramiento y la zozobra, cuando salió de ahí, la alhaja fue olvidada en aquel mueble.

Cuando regresó el español de su viaje, guiado por una fuerza, lo primero que hizo fue ir a ver al amigo, a quién descubrió en la alcoba durmiendo la siesta. Al ingresar en el cuarto lo primero que vio fue el anillo con el diamante negro de su mujer. Lo tomó, salió rápidamente de ahí y se dirigió abatido a su casa. La mujer salió a recibirlo como si nada hubiera pasado; él, al besarle la mano, ratificó que aquel era su anillo y reafirmó sus sospechas. El caballero español enloquecido, desenvainó su puñal y lo clavó en el pecho de la mujer y lanzó sobre su cadáver el anillo de diamante negro y desapareció para toda la vida.

La gente que habitaba por ahí, en ese momento exclamaba: ¡Vamos ver “el cadáver del diamante”! Después solo decían: ¡Vamos al Callejón del Diamante!, que la tradición mantuvo por medio de numerosos siglos hasta nuestros tiempos.

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